Trabajador en el entorno penitenciario desde 1981 y diplomado en criminología por la Universidad de Valencia. Pertenezco a esa generación que coincidió con la aprobación en 1979 de la ambiciosa Ley Orgánica General Penitenciaria. Su implantación no estuvo exenta de conflicto entre quienes pretendían romper con antiguos métodos y quienes abogaban por perpetuarlos, había momentos en que parecía que Franco no se hubiese muerto. La imposible neutralidad me hizo tomar partido por el Sindicato Democrático de Prisiones y su compromiso en la defensa de los derechos humanos.